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La tradición que cada 13 de junio llena de rosquillas la iglesia de San Antonio

Cada 13 de junio hay una imagen que se repite en Zaragoza desde hace generaciones. Decenas de personas hacen cola junto a la iglesia de San Antonio de Padua, en el Paseo Cuéllar, mientras los puestos de rosquillas despachan sin descanso uno de los dulces más ligados a las tradiciones populares de la ciudad.

La festividad de San Antonio sigue siendo una de las citas religiosas y costumbristas con mayor arraigo en Zaragoza. A lo largo de la jornada, miles de personas pasan por el entorno del templo capuchino para asistir a misa, venerar al santo, recibir bendiciones y cumplir con un ritual que para muchas familias resulta inseparable de esta fecha: comprar rosquillas de San Antonio para llevarlas a casa.

La tradición se concentra en torno a la iglesia de San Antonio de Padua, situada junto a la plaza de las Canteras, en la entrada natural al barrio de Torrero, barrio que durante esta semana está celebrando, además, las Fiestas de Torrero 2026. Durante décadas, los zaragozanos la conocieron como «San Antonio el Nuevo», una denominación popular que servía para distinguirla de la cercana parroquia de San Francisco de Asís, conocida por muchos vecinos como «San Antonio el Viejo».

Una tradición regulada por el Ayuntamiento

La presencia de los puestos de rosquillas no es improvisada. Cada año el Ayuntamiento de Zaragoza autoriza mediante licencia municipal la instalación temporal de vendedores con motivo de la festividad. Concretamente, en 2026 la venta está autorizada entre el 11 y el 14 de junio

De esta forma, el Paseo Cuéllar se convierte durante varios días en un pequeño mercado estacional donde pueden encontrarse las tradicionales rosquillas de anís y otras variedades vinculadas a la celebración. Muchas familias mantienen la costumbre de comprarlas por docenas tras visitar el templo.

Aunque hoy siguen siendo el símbolo gastronómico de la fiesta, su origen está relacionado con una tradición mucho más antigua. Las rosquillas son consideradas la evolución del llamado «Pan de San Antonio» o «Pan de los Pobres», una práctica vinculada a la devoción al santo y a la ayuda a las personas necesitadas.

El santo de los enamorados y de los objetos perdidos

La popularidad de San Antonio va más allá de su condición de fraile franciscano y doctor de la Iglesia. La tradición popular le atribuye la capacidad de ayudar a encontrar objetos perdidos, pero también de favorecer las relaciones sentimentales.

Esa fama de santo casamentero forma parte del imaginario colectivo desde hace generaciones y sigue presente en muchas conversaciones durante la jornada festiva. No faltan quienes mantienen que las rosquillas de San Antonio ayudan a conservar el amor o atraen la buena suerte, una creencia transmitida de padres a hijos que forma parte del folclore popular asociado a la fiesta.

Colas, bendiciones y ambiente familiar

Además de las celebraciones litúrgicas, el día está marcado por la afluencia constante de familias. Muchos padres y abuelos continúan llevando a los niños para recibir la tradicional bendición de los frailes capuchinos.

En el interior del templo se suceden las misas y los actos de veneración al santo, mientras en el exterior el protagonismo lo comparten los puestos de rosquillas y el ambiente de encuentro vecinal.

La escena apenas ha cambiado con el paso de los años. Las fotografías históricas muestran imágenes muy similares a las que pueden verse hoy: filas de fieles, bolsas de rosquillas y vecinos de distintos barrios acercándose a Torrero para cumplir con una tradición que sigue formando parte de la identidad popular de Zaragoza.

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