
Curiosidades de la Basílica del Pilar, tumbas y enterramientos que la convierten en un gran panteón
Más allá de la cripta, las capillas del templo conservan sepulturas de militares, arzobispos, nobles y benefactores que forman parte de la historia de Zaragoza. Las visitas especiales de Todos los Santos permiten descubrir este patrimonio funerario.
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Bajo sus suelos, en la cripta y en distintas capillas se encuentran sepulturas de arzobispos, militares, nobles y benefactores. Algunas permanecen a la vista de los visitantes, integradas en monumentos funerarios de considerable valor artístico. Otras se encuentran bajo la Santa Capilla, en un espacio que habitualmente permanece cerrado al público.
La celebración de Todos los Santos y el Día de Difuntos ofrece una oportunidad para conocer esta otra dimensión de la basílica. Zaragoza Turismo organiza los días 31 de octubre, 1 y 2 de noviembre de 2026 la visita guiada El Pilar como panteón, un recorrido que permite descubrir algunos de estos enterramientos y acceder a la cripta.
Pero la historia funeraria del Pilar comienza mucho antes de la construcción del edificio actual y se extiende bastante más allá de ese espacio subterráneo.
Mucho más que una cripta bajo la Santa Capilla
Durante siglos, las iglesias fueron también lugares de enterramiento. La posibilidad de descansar cerca de un altar o de una imagen venerada tenía un profundo significado religioso, pero también social. Las familias nobles y los personajes destacados buscaban perpetuar su memoria mediante sepulturas situadas en los principales templos.
El Pilar participó de esta tradición desde sus primeras etapas. Antes de que se levantara la actual basílica barroca, el antiguo santuario ya contaba con espacios funerarios alrededor de la capilla de la Virgen.
La publicación Las necrópolis de Zaragoza, editada por el Ayuntamiento en 1991, documenta la existencia de dos antiguos cementerios vinculados al templo. Uno estaba situado dentro del claustro, próximo a la capilla de Santa Ana, mientras que otro se encontraba en el exterior, en terrenos próximos a la actual plaza del Pilar.
El religioso Diego Murillo ya describía a comienzos del siglo XVII las capillas que rodeaban el antiguo santuario y que habían servido de sepultura a obispos y otros personajes principales.
Entre los enterramientos históricos aparecen los de los condes de Sástago, que tuvieron un sepulcro de mármol junto a la Santa Capilla, y los duques de Híjar, cuya familia también contó con un espacio funerario próximo a ella.
La transformación del antiguo templo en la gran basílica barroca que conocemos hoy modificó su distribución, pero no puso fin a esta tradición.
Las sepulturas se mantuvieron y se incorporaron otras nuevas. Por eso, recorrer el Pilar también permite descubrir cómo sus diferentes capillas fueron convirtiéndose en lugares de memoria de la sociedad aragonesa.
De los Sitios de Zaragoza a las campañas militares del siglo XVIII
Uno de los personajes más conocidos que descansan en el Pilar es José de Palafox, capitán general de Aragón y protagonista de la defensa de Zaragoza durante los Sitios de 1808 y 1809.
Su trayectoria quedó ligada para siempre a la resistencia de la ciudad frente al ejército napoleónico. Sin embargo, su enterramiento en la basílica tuvo que esperar más de un siglo después de aquellos acontecimientos.
Palafox falleció en Madrid en 1847 y fue enterrado inicialmente en la basílica de Atocha. Sus restos regresaron a Zaragoza en 1958 y fueron depositados en la cripta del Pilar, donde permanecen desde entonces.
La vinculación del templo con los Sitios también alcanza a Agustina de Aragón. Fallecida en Ceuta en 1857, sus restos fueron trasladados a Zaragoza y permanecieron durante un tiempo en el Pilar, antes de recibir sepultura definitiva en el Panteón de las Heroínas de la iglesia del Portillo, en 1908.
Pero la memoria militar de la basílica no se limita a las guerras napoleónicas.
En la capilla de San Joaquín se encuentra el mausoleo de José Carrillo de Albornoz, duque de Montemar, destacado militar español del siglo XVIII que participó en las campañas italianas de la monarquía.
Montemar alcanzó especial notoriedad por su victoria en la batalla de Bitonto, en 1734, durante la conquista del reino de Nápoles. Su monumento funerario, inaugurado en 1765, constituye uno de los ejemplos más destacados de los enterramientos monumentales del Pilar.
Otro personaje que cuenta con un sepulcro visible es Manuel de Ena, general nacido en 1801 y fallecido en 1851 durante la guerra de Cuba.
Su mausoleo se encuentra en la capilla de Santa Ana y muestra al militar con uniforme de campaña y atributos relacionados con su trayectoria. La obra fue financiada mediante una suscripción pública, una forma de reconocimiento que refleja la importancia concedida a su figura en aquella época.
Ambos monumentos recuerdan que las capillas del Pilar también fueron utilizadas para rendir homenaje a personajes vinculados a los acontecimientos militares de la historia española.
Los arzobispos que dejaron su huella en el templo
La historia funeraria del Pilar está estrechamente relacionada con los arzobispos de Zaragoza. Algunos encontraron sepultura en la cripta, mientras que otros recibieron enterramientos monumentales en las capillas.
Uno de ellos fue Tomás Crespo Agüero, arzobispo entre 1727 y 1742, cuyo sarcófago se conserva en la capilla de San Juan Bautista, junto al Santo Cristo de Forment.
Su sepultura forma parte del patrimonio artístico del templo y es un ejemplo de cómo los enterramientos de altos cargos eclesiásticos se incorporaban a la decoración de las capillas.
Una historia diferente es la de Bernardo Francés Caballero, arzobispo de Zaragoza que falleció en 1843 durante su destierro en Burdeos.
Sus restos no regresaron a la ciudad hasta 1860, cuando fueron trasladados al Pilar. Su mausoleo se encuentra en la capilla de San Braulio y recuerda también su labor como fundador del Seminario Conciliar de Zaragoza.
Entre los religiosos enterrados en el templo destaca especialmente Francisco de Añoa y Busto, uno de los personajes que más contribuyeron a la transformación del Pilar durante el siglo XVIII.
Añoa impulsó y financió buena parte de la construcción de la Santa Capilla, el gran espacio diseñado por Ventura Rodríguez para albergar la imagen de la Virgen.
Falleció en 1764, antes de ver completamente terminadas las obras. Sus restos descansan en la cripta y su memoria permanece vinculada a uno de los espacios más importantes de la basílica.
Su historia permite comprender hasta qué punto el Pilar fue construido y enriquecido gracias a las aportaciones de quienes posteriormente encontraron allí su lugar de descanso.
Una última morada para las grandes familias de Aragón
Junto a los militares y religiosos, las capillas del Pilar también acogieron panteones de familias nobles y otros linajes destacados de Zaragoza.
Contar con un enterramiento en el santuario suponía una distinción que podía transmitirse de generación en generación. Las familias contribuían al mantenimiento de las capillas, financiaban su decoración y conservaban derechos funerarios sobre determinados espacios.
La capilla de Santiago, por ejemplo, acogió el panteón de la familia Castellano Villarroya, entre cuyos integrantes figura Gaspar Castellano, fallecido en 1910.
La capilla de San Antonio de Padua tiene una historia todavía más antigua. Sus orígenes se remontan al siglo XIV, cuando fue promovida por Elfa de Exerica, esposa de Pedro Martínez de Luna.
Con el paso del tiempo quedó vinculada a diferentes familias aristocráticas, entre ellas los duques de Medinaceli y los marqueses de Aitona.
Algo parecido ocurrió con la capilla de San José, relacionada con los condes de Villaverde y Argillo, y posteriormente con la familia Bordiú.
Estos ejemplos muestran cómo el interior del Pilar fue también un reflejo de las relaciones sociales de cada época.
Las sepulturas no solo recordaban a los fallecidos. También dejaban constancia del poder económico, de los vínculos familiares y de la posición que determinados linajes habían alcanzado en la sociedad aragonesa.
El paso del tiempo ha transformado algunas de aquellas capillas y ha hecho desaparecer parte de sus antiguos elementos funerarios. Sin embargo, todavía se conservan monumentos, inscripciones y referencias documentales que permiten reconstruir esa historia.
Los nombres que también forman parte de la historia de Zaragoza
No todos los enterramientos del Pilar están vinculados al poder militar, religioso o nobiliario. Entre quienes descansan en la basílica también figuran personas cuya actividad contribuyó al desarrollo de Zaragoza.
Uno de los nombres más destacados es Ramón Pignatelli, nacido en la ciudad en 1734 y convertido en una de las principales figuras de la Ilustración aragonesa.
Canónigo del Pilar, Pignatelli desarrolló una intensa actividad pública y desempeñó un papel fundamental en el impulso del Canal Imperial de Aragón.
Su participación en esta obra hidráulica, así como en distintas iniciativas económicas y sociales, lo convirtió en una figura decisiva para la modernización de Zaragoza durante el siglo XVIII.
Sus restos descansan en la cripta del Pilar, conectando el panteón con uno de los periodos de mayor transformación de la ciudad.
También se encuentran allí los restos de Francisco Urzáiz y Leonor Sala, un matrimonio cuya aportación económica permitió financiar la construcción de las dos últimas torres de la basílica, situadas en el lado de la ribera del Ebro.
La finalización de estas torres, ya en el siglo XX, completó la imagen exterior del Pilar que hoy identifica a Zaragoza.
Su enterramiento recuerda que el monumento fue tomando forma gracias a una larga sucesión de proyectos, donaciones y esfuerzos que se extendieron durante varios siglos.
Así, la historia de quienes descansan en el Pilar también permite comprender la evolución del propio edificio, desde el antiguo santuario hasta la gran basílica que domina actualmente la plaza.
Una oportunidad para descubrir esta otra historia del Pilar
Buena parte de este patrimonio funerario puede contemplarse durante una visita habitual al templo, aunque muchas de sus sepulturas pasan desapercibidas entre retablos, pinturas y otros elementos artísticos.
La excepción es la cripta situada bajo la Santa Capilla, que permanece cerrada durante la mayor parte del año.
Este espacio fue inaugurado el 12 de octubre de 1794 y restaurado en 1994. En su interior descansan, entre otros, el general Palafox, Ramón Pignatelli, varios arzobispos, canónigos y benefactores de la basílica.
El acceso se realiza por una escalera situada delante de la Santa Capilla, que habitualmente permanece oculta bajo dos grandes planchas de bronce integradas en el pavimento.
Con motivo de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles Difuntos, la cripta abre excepcionalmente sus puertas durante tres jornadas.
En 2026, los horarios establecidos por el Cabildo son los siguientes:
- Sábado 31 de octubre: de 10.00 a 20.00 horas.
- Domingo 1 de noviembre: de 10.00 a 20.00 horas.
- Lunes 2 de noviembre: de 10.15 a 20.00 horas.
La entrada a la cripta es gratuita, con un aforo máximo de 50 personas. No se permite realizar fotografías ni vídeos y las visitas se interrumpen durante los responsos religiosos. Los detalles también pueden consultarse en la información actualizada sobre los horarios de la cripta del Pilar.
Además de esta apertura, Zaragoza Turismo organiza la visita guiada «El Pilar como panteón», que ofrece un recorrido por los enterramientos y espacios funerarios del templo.
La actividad se celebra los días 31 de octubre, 1 y 2 de noviembre, a las 16.00 horas, con salida desde la Oficina de Turismo de la calle Santiago, 22, junto a la plaza del Pilar.
El precio general es de 2,55 euros, con tarifas reducidas de 2,05 euros para familias numerosas, titulares del Carné Joven y estudiantes, y de 1,30 euros para menores de ocho años, mayores de 65 años y personas desempleadas.
Las entradas pueden reservarse en las oficinas de turismo y mediante la venta online de Zaragoza Turismo.
La apertura extraordinaria permite conocer una parte del Pilar que normalmente permanece fuera del alcance del visitante. Pero también invita a recorrer con otros ojos las capillas de la basílica, donde sus sepulturas conservan, a menudo discretamente, la memoria de quienes contribuyeron a construir la historia de Zaragoza.
Otros espacios de la ciudad conservan también esta historia funeraria, como la cripta de Santa Engracia, con vestigios de muchos siglos de antigüedad.



