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La campana de Zaragoza que guiaba a los perdidos y todavía suena cada noche

La iglesia de San Miguel de los Navarros mantiene 33 campanadas que antiguamente orientaban a quienes regresaban entre la niebla de las huertas del Huerva

Cada noche, poco después de las diez, una campana rompe durante unos instantes el sonido habitual del centro de Zaragoza. Sus 33 golpes proceden de la torre de la iglesia de San Miguel de los Navarros y mantienen viva una antigua señal utilizada para orientar a quienes no habían conseguido regresar a la ciudad antes de que llegara la oscuridad.

Es la conocida como Campana de los Perdidos de Zaragoza. Su función original desapareció hace siglos, pero su sonido continúa escuchándose de manera simbólica sobre la plaza de San Miguel y las calles del entorno.

Para comprender su historia hay que imaginar una Zaragoza mucho más pequeña, rodeada por puertas y terrenos agrícolas. La iglesia de San Miguel se encontraba junto a uno de los accesos a la ciudad y muy cerca de las huertas, arboledas y cañaverales que ocupaban las riberas del Huerva.

Una señal para regresar entre la oscuridad y la niebla

Durante siglos, numerosos zaragozanos salían cada mañana a trabajar en los campos situados fuera del recinto urbano. Algunos recogían leña en las riberas del Huerva para venderla posteriormente en la plaza de San Miguel.

El regreso podía resultar complicado durante el invierno. La niebla formada alrededor del río, la abundante vegetación y la ausencia de iluminación dificultaban encontrar el camino hacia la ciudad. Quedarse desorientado durante una noche de frío podía tener consecuencias mortales.

La tradición sitúa uno de los episodios que originaron este toque en enero de 1529. Un periodo de heladas, lluvias y nieblas habría provocado que varias personas murieran después de perderse en los alrededores de Zaragoza.

La primera solución consistió en colocar una gran linterna en lo alto de la torre de San Miguel. La luz debía actuar como un faro visible desde las huertas y señalar el camino hacia uno de los accesos de la ciudad.

Sin embargo, el viento y las tormentas impedían que aquella referencia funcionara de manera constante. La linterna terminó siendo sustituida o complementada por una señal mucho más difícil de ocultar entre la niebla: el sonido de una campana.

Campanadas desde el crepúsculo hasta medianoche

Los vecinos solicitaron que una de las campanas de San Miguel sonara cada media hora desde el crepúsculo hasta la medianoche. Para mantener el servicio, el campanero llegó a disponer de una habitación dentro de la propia torre.

Las campanadas permitían localizar la dirección de Zaragoza sin necesidad de ver sus murallas. Quienes trabajaban fuera podían avanzar siguiendo el sonido hasta alcanzar el entorno de San Miguel.

Con el paso del tiempo cambió la frecuencia del toque. Cuando se despejaron parte de las riberas del Huerva, la linterna dejó de utilizarse y la campana pasó a sonar a determinadas horas.

Desde 1725 se estableció el toque a las diez de la noche. Después de los Sitios de Zaragoza también se documentaron horarios diferentes según la época del año: a las nueve durante el otoño y el invierno y a las diez durante los meses con más horas de luz.

¿Orientaba a los perdidos o anunciaba el cierre de la ciudad?

La explicación más extendida sostiene que la campana ayudaba a regresar a los trabajadores extraviados entre las huertas. Sin embargo, existe otra interpretación relacionada con el antiguo toque de queda.

San Miguel se encontraba cerca de una de las entradas al recinto urbano. Sus campanadas también podían advertir de que llegaba la hora de cerrar las puertas y de que quienes permanecían fuera debían apresurarse para regresar.

Ambas funciones no resultan necesariamente incompatibles. El sonido podía orientar a quienes caminaban entre la niebla y, al mismo tiempo, anunciar que terminaba la jornada y se aproximaba el cierre de la ciudad.

La propia expresión «los perdidos» podía aludir tanto a las personas desorientadas como a quienes continuaban en la calle sin un motivo concreto cuando ya había anochecido.

Por qué suena 33 veces cada noche

La tradición ha llegado hasta la actualidad convertida en un recuerdo sonoro. La campana realiza 33 repiques, una cifra relacionada con la edad atribuida a Cristo en el momento de su muerte.

El toque se escucha de manera automática poco después de las diez de la noche. Ya no es necesario para encontrar el camino hacia Zaragoza, pero continúa formando parte del paisaje sonoro del barrio.

La encargada de mantener actualmente este recuerdo es la campana conocida como Santa Quiteria, fundida en 1740 y situada en el campanario de San Miguel. La parroquia conserva varias campanas de diferentes tamaños y épocas.

La Campana de los Perdidos de Zaragoza

  • Dónde se encuentra: iglesia de San Miguel de los Navarros.
  • Dirección: plaza de San Miguel.
  • Origen de la tradición: siglo XVI.
  • Función histórica: orientar a quienes regresaban desde las huertas y avisar del final de la jornada.
  • Toque actual: 33 repiques poco después de las diez de la noche.
  • Campana: Santa Quiteria, fundida en 1740.
  • Visita: la torre no se encuentra abierta habitualmente al público.

El toque actual es simbólico y se realiza mediante un sistema automatizado.

Una torre mudéjar junto al antiguo límite de Zaragoza

La campana forma parte de uno de los templos históricos de Zaragoza. La iglesia de San Miguel de los Navarros conserva una torre mudéjar de planta cuadrada, posteriormente modificada y rematada con el chapitel que define su aspecto actual.

El edificio se levantó junto al antiguo límite oriental de la ciudad. Su emplazamiento explica que la torre pudiera servir como referencia para quienes llegaban desde los campos y las riberas del Huerva.

El entorno es hoy completamente urbano y apenas permite imaginar aquel paisaje de caminos, huertas y vegetación. El río también permanece oculto bajo las calles en buena parte de este sector de Zaragoza.

A pesar de esa transformación, el sonido que ayudaba a localizar la ciudad no ha desaparecido. Cada noche, 33 campanadas recuerdan que la torre de San Miguel fue durante siglos algo más que un elemento religioso: también fue una referencia para regresar a casa.

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